martes, 28 de abril de 2009

Un dinosaurio en Google


MOUNTAIN VIEW, California.- Eric Schmidt parece bastante inocente, con sus ojos color aguamarina, su diminuta oficina repleta de juguetes y su campus de Google bien provisto de canchas de vóley, bicicletas sin encadenar, máquinas expendedoras de cereal y bebidas orgánicas energizantes, golosinas con forma de animalitos, asientos de inodoro calefaccionados, huertos de hierbas aromáticas y playas de estacionamiento con enchufes para recargar autos eléctricos.
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Mientras que Google escudriña nuestros hogares, nuestros océanos, nuestras debilidades, nuestros movimientos y nuestros gustos, su presidente y director ejecutivo no se parece en nada a esos Dick Cheney que aspiran a dominar el mundo.
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Pero en el hall de las oficinas centrales de la empresa, hay una pantalla de pared estilo Gran Hermano, que muestra, en tiempo real, las búsquedas en Google de personas de todo el mundo, con excepción de las de pornografía, que son excluidas.
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Si uno se queda a mirar el tiempo suficiente, hasta es posible que vea su propio nombre. En el minuto que estuve frente a la pantalla, vi pasar el nombre de la institución de Washington donde trabaja mi hermana, la ciudad balnearia de Delaware, donde veranea mi hermano, algunas letras de canciones de Dave Matthews, las calorías de los productos Panera, pies de mujeres, páginas de chimentos y telenovelas, y a un tal Douglas Mangum, quienquiera que sea.
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Schmidt, de 53 años, explica con voz suave y tranquila suficiencia de psicoanalista que la privacidad es cosa del pasado y que los periódicos del pasado no podrán exprimirle dinero a Google para salvarse a sí mismos. A mí, ese tono de psicoanalista me viene bien, porque la profesión que ejerzo está al borde del colapso. Las empresas como Google, aquí, o Craiglist, en San Francisco, se han apoderado del periodismo y nos hacen sentir tan actuales como el Ty rannosaurus rex del campus virtual de Google.
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En tiempos en que el periodismo corre serio peligro, Google está embarcada en una guerra a muerte por su derecho a sacar provecho indiscriminadamente del contenido de los diarios.
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Robert Thomson, editor de alto rango de The Wall Street Journal , acusó de "lombrices solitarias" a los sitios como Google. Su jefe, Rupert Murdoch, dijo: "Los grandes diarios no deben permitir que Google robe nuestros derechos de autor". La agencia de noticias Associated Press amenazó con iniciar acciones legales contra Google y tantos otros que hacen uso del trabajo de las organizaciones de noticias sin permiso y sin compartir una parte justa de las ganancias. Pero lo que es justo o no, puede ser algo difícil de demostrar.
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"¿Entonces? -le pregunté a Schmidt en una pequeña sala de reuniones, en la que había un inquietante asiento eyectable-. ¿Amigo o enemigo?"
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"Nosotros afirmamos que somos amigos", me respondió, sin inmutarse siquiera cuando la muñeca de cartón que estaba sobre su escritorio se cayó de cabeza.
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¿Por qué Google, que se considera a sí misma una fuerza benéfica para la sociedad, que invita a no hacer el mal, no puede simplemente hacernos un abultado cheque por utilizar nuestras historias, para que nosotros, a nuestra vez, podamos pagar las cuentas, mantener nuestros balances a flote y así seguir alimentando con historias su motor de búsqueda? Después de todo, el mismo Schmidt reconoce que gran parte de Internet es "una cloaca". Pero me asegura que la gente no recurre a Google para buscar basura, sino para las "cosas útiles".
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Schmidt rehúsa aflojar la billetera. Aclara que los diarios pueden optar por no entregar sus contenidos a Google gratuitamente, no sin agregar: "Por obvias y buenas razones capitalistas, a nosotros, en realidad, nos gusta ganar dinero por nuestra propia cuenta".
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Afirma: "La mejor manera de salir de este problema es inventar un producto nuevo. Google piensa las cosas de ese modo. Los que se benefician con una posición que ya ocupan rara vez son los artífices del futuro".
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Schmidt sostiene que, para los diarios, es difícil dar en el blanco con sus avisos publicitarios con la precisión con que lo hace Google. Junto a una nota sobre un asesinato con arma blanca, dice, no puede publicarse el aviso de una cuchillería. Asegura que ha conversado con los periódicos acerca de un nuevo modelo publicitario que comprenda la historia de la gente y sus intereses.
"Tendrían suficiente información demográfica como para saber el género, el grupo etario y lo que cada uno tiene -dice-. Cuanto más dirigida, personal y precisa es, más vale la publicidad. Ese es todo el secreto."
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¿Para salvar al periodismo Google tiene que conocer hasta mis más íntimos secretos? "El actor Johnny Carson fumaba, y durante treinta años nunca fue fotografiado con un cigarrillo en la mano -dice Schmidt-. Hoy eso sería imposible."
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Por supuesto que Google es un líder del desmantelamiento de la privacidad, por más que Schmidt asegure que si alguien se queja por haber sido capturado en una situación incómoda por una de las cámaras de video callejeras de Google, la empresa aplica un dispositivo (llamado "anonimizador") para borrar el rostro del implicado.
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"Es justo aclarar que no habrá más héroes -dice Schmidt-. El heroísmo implica ver a la persona sólo desde su mejor ángulo y en su mejor momento. No creo que eso sea bueno. ¿Cómo era Barack Obama cuando iba a la escuela? ¡Ah, sí! Acá tengo una foto de él escarbándose la nariz. Dios mío, se me cayó otro héroe al piso."
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Cuando le pregunto si una opinión editorial humana sigue siendo importante, Schmidt intenta tranquilizarme: "Al trabajar con diarios, hemos descubierto que entre los redactores y sus editores existe un equilibrio más sutil de lo que pensábamos, un equilibrio que una computadora no puede reproducir con facilidad".
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Durante un instante me siento aliviada, hasta que me doy cuenta de que el único motivo por el que Schmidt piensa que no soy fácilmente reemplazable es porque Google ya ha buscado el modo de hacerlo.
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© The New York Times y LA NACION Traducción de Jaime Arrambide
La autora ganó el premio Pulitzer en 1999 por su serie de notas sobre el caso Monica Lewinsky

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